2. Los primeros pasos

Son las once de la noche y me encuentro ahora tirado en mi esterilla bajo un olivo y la luz de cientos de estrellas. Estoy en mitad de la nada. Ni ruido ni luces humanas. Solo la suave brisa del verano y el sonido lejano de algún pájaro trasnochador. Rememoro todo lo ocurrido en las últimas 40 horas y me es difícil sintetizarlo en un texto. Estos dos días han sido toda una experiencia: al salir de Lucena me paré en un banco para despedirme (por un tiempo, familia) de la ciudad que me vió crecer, y mientras que estaba en ello llegaron mis primeros amigos del viaje. Dos jubilados (Rafael y Antonio, alias “el Niño de la Verea”) con los que estuve hablando casi dos horas.

Terminé saliendo tardísimo y tras unos primeros kilómetros por el trazado que una vez recorrió el llamado tren del aceite, llegué a las Navas del Selpillar (pedanía de Lucena) donde acabé almorzando con mi tia Carmelín que vino a traerme mi saco dormir, recién llegado de amazon. Y si a eso le sumamos la parada de dos horas en mi particular oasis de veinte árboles para sobrevivir a la calor de la tarde, al final lo que se dice pedalear, el primer día pedaleé poco.

Terminé montando la tienda en un olivar sobre Puente Genil, con la privilegiada vista de todas las luces nocturnas de su casco antiguo.

El segundo día, sin embargo, ha sido mucho más eficiente que el primero. De Puente Genil a Herrera, de allí a Marinaleda, donde, evidentemente, he flipao al conocer en persona un proyecto único en la España de los últimos 40 años. Hasta se me ha pasao por la cabeza mudarme ahí algún día! Quien sabe..

De Marinaleda al Rubio bajo un Sol que cada vez daba más castigo, y de ahí a Lantejuela, donde he tenido la suerte de encontrar abierta la piscina pública y no me lo he pensao dos veces! Tras Lantejuela he seguido pedaleando por las extensas llanuras de la campiña sevillana hasta llegar a Marchena, con sus imponentes murallas medievales y sus enormes iglesias, y al salir de ahí mi amigo Google me la ha jugao y me ha metido en un caminillo de arena imposible que me ha traido aquí, a mi olivo, un humilde paraíso que en este momento no cambiaría ni por el mejor hotel de lujo.

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